jueves, 7 de julio de 2011

te espero en la esquina y perdí la cámara

Ayer me escapé en mi extendido horario de recreo laboral al barrio de Almagro a hacer unas compras. En el camino pasé por la esquina de Billinghurst y Guardia Vieja, donde hay una aceitunería muy pintoresca, uno de esos negocios antiguos que lograron mantener su identidad a pesar del avance de los no-lugares tales como hipermercados franceses, supermercados chinos, maxikioscos y estaciones multiservicio. Una casona de techos muy altos, toldos y carteles en la fachada, pintados por letristas que supieron conocer su momento de gloria hasta que los ploteos y diseños digitales ganaron la batalla. No entré, pero desde la puerta y la vidriera se vislumbraba una miríada tal de variedades de aceitunas, frutos secos, escabeches y demás especialidades similares, que si intento imaginar la organización mental del aceitunero que atiende este negocio no puedo menos que equipararlo a la del ferretero o el farmacéutico (el de las antiguas farmacias también). ¿Cómo hacen para saber dónde están guardados los clavos de cabeza chata de 5 cm o la belladona mater o el chucrut con morrones? De esto hablábamos el otro día en casa, de que la memoria funciona con compartimentos donde guardamos y clasificamos los recuerdos o la información. Eso funcionaba en su máximo exponente por ejemplo en los "poetas" de la Antigüedad, que transmitían oralmente obras literarias monumentales como la Ilíada o la Odisea a través de generaciones. De una teoría aledaña a esta de los recovecos de la memoria también surgen otras obras cumbres como Eternal Sunshine of the Spotless Mind, aunque se me pueda acusar de vincular peras con tomates.
Ni peras ni tomates sino aceitunas. Cuatro barriles de plástico azul de un metro treinta de alto, todos con su etiqueta escrita en marcador negro: "Aceitunas", hacían cola en la vereda del sol, y encabezando la fila, un carrito montacargas hacía de cama siestera de un siberiano pancho que no se inmutó cuando estacioné mi bici al lado y saqué la cámara para registrar esa plácida y olivera escena.
Las fotos salieron hermosas según lo que vi en el visor de la desvencijada camarita digital que filma sin sonido y que hace unos años llegó a mis manos para reemplazar a Jazz y sus rollos de 400 asas, su instantaneidad incorregible, su misterio revelable. Llegó hace unos años y se fue ayer, seguramente cuando, después de captar las instantáneas de la esquina, arranqué con la bici y me detuve una cuadra más allá para sacar los auriculares Sony DR-S4 extra large de mi mochila, que dista basante de estar organizada como la estantería del ferretero. Varias cuadras después, el conductor de un Uno rojo me hizo señas, señalando mi espalda: la mochila estaba abierta de par en par. Sólo chequeé que estuviera la billetera. Cuando llegué a casa a la noche busqué la cámara en la mochila para subir la foto y escribir esta nota (de la que solamente había llegado a pensar algunas opciones de título). Al no encontrarla pensé que la habría dejado en el trabajo.

Hoy llegué a la oficina, y me encontré con la ausencia. Inquietante encuentro.

Conclusión: perdí la cámara en el mismo lugar donde hace menos de un mes perdí mi celular. Más alimento para un ditirambo sobre la pérdida que estoy escribiendo. Mientras tanto, les dejo una fotito de una burbuja que se busca.