miércoles, 10 de diciembre de 2014

ficciones


Las mañanas se van 
calurosas y placenteras 
por estos días, 
ocupada como estoy en 
ensamblar embalajes, 
ordenar mis personajes, 
limpiar, respirar, cuidar: 
preparar un abordaje. 


Ya se cumplieron tres meses en Brasil, y ahora estoy entre fronteras.
Momentos de reflexión, de acumular, de practicar, de hacer ejercicios atrasados de norte de papel. Comparto uno de ellos. Va com Deus!


Realidad/Ficción

Llegamos de noche al Pueblo de las Motocicletas. Habíamos conducido todo el día en un estado de tensión agujero, tensión espada, tensión suicidio. No es que buscáramos a las motos ni ellas a nosotras. Eramos tres muchachas trampolín intentando un salto de costa a costa, un salto por tierra que nos alejara de la conspiración. M había recibido un mensaje atrás de otro, alertándola de los peligros que corría si continuaba por apenas un día más en la Tierra del Puerto de Cemento. L y yo nos hicimos eco de esos mensajes sordos. M era nuestra hermana y necesitaba de nuestro apoyo. 

Cuando emprendimos la huída, lo hicimos en el viejo Buick de R, que estaba visitando a sus padres en la Ciudad del Jersey. El podría conducirlo de vuelta una vez que llegáramos a destino, que, según los mensajes que seguían llegando a la mente convulsionada de M, se encontraba en las cercanías de dicha ciudad. Fue una mala idea. Al parecer, el enemigo había logrado localizar el centro de transmisión y recepción - la antena - , y el Buick ya no era un lugar seguro para transcurrir los próximos cuatro días que nos esperaban detrás del volante.

Llegamos al Pueblo de las Motocicletas en medio de una tormenta. Ahora que lo recuerdo, eran vientos huracanados que parecían envolverse en forma de ciclón. No sé si nos llevó el auto que alquilamos o si fue el viento el que nos empujó hasta esa localidad. La noche anterior a la explosión habíamos visto "El Mago de Oz", versión clásica, en casa de R. No entiendo cómo logramos que M aceptara sentarse con nosotros a ver la película. Los mensajes ya habían empezado a llegar, y supongo que se sentía cansada de ser el centro de transmisiones de esa misión particular.  Los últimos habían hablado de una clave que sería revelada por partes. No habían sido muy precisos en cuanto a la manera en que esa información se revelaría. Vamos a ver una película, M, dale. Un poco de shampú para tu cabeza radio, tu cabeza antena, tu mente circuito electrónico al rojo vivo. 

Algo me había impulsado a ese viaje relámpago justo para esa fecha. Claro, las ganas de ver a M después de casi dos años eran la principal excusa. Habíamos vivido y convivido como hermanas durante cuatro meses, allá en ese invierno crudo con setenta por ciento de días y noches de lluvias y cien por ciento de brujería, esoterismo, sueños lúcidos, lectura, caminos del artista, fabricación de velas, películas de david lynch, fiestas de superbowl y amistad sin fronteras. Luego, mi retorno hacia la otra punta del continente, hacia un amor que se desvanecía, hacia planes y proyectos que no pasaban de retoños de primavera. 

En medio de ir recordando toda aquella secuencia de hechos para volcarlos en este escrito, caigo dormida, rendida por el cansancio que produce remontarse hacia hechos que nunca encontraron una resolución. Las cosas sucedieron tan rápido, y me involucré tanto con mi papel de acompañante terapéutico de mi amiga, que consideré cualquier acto que pretendiera dejar registro de esos días (léase, tomar notas o fotos) inadecuado dada la gravedad del asunto. Esto no era algo para ser novelizado. Recuerdo a mi primo J diciendo: podrías haber hecho un ensayo fotográfico de la historia. Mas no. Y pasaron ya tantos años, que mi memoria debe hacer esfuerzos de perezoso para entrar en los vericuetos de las sensaciones vivenciadas en esos días, los rincones donde quedaron pegadas las telarañas de detalles que puedan ayudarme, a través del mismo acto de escribir, a reconstruir y resolver el misterio escondido detrás de aquella experiencia.

Caigo dormida, digo, y sueño. En mi sueño, alguien me da de beber una poción mágica. No acabo de quitar la pequeña botella de mis labios, que siento mis pies separarse del piso, mi pecho y hombros expandirse como el torso de un ave que remonta vuelo; mis oídos son los radares de un murciélago. Oigo detrás mío unas voces que murmullan. Siento los pelos-pluma de mi nuca erizarse. La antena se resiste a sintonizarse. Siento miedo de abrir esa puerta, de escuchar lo que están diciendo.


Despierto, sacudida y confundida. Tranquilizo a mi miedo haciéndole escuchar las voces de personas "reales" que están hablando detrás mío. Es que me quedé dormida viajando en omnibus. Viajar me ayuda a recordar otros viajes.

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