domingo, 15 de noviembre de 2015

Recordarse en lo desconocido

Londres, Noviembre de 2015.


Querida Mamá:

Me pedís que te cuente de mi paso por Londres y lo voy a hacer aunque hoy las noticias nos quieran hacer hablar sólo de París. Y no es que sea una enamorada de las grandes capitales, aún teniendo a Buenos Aires tatuada en mi matriz.

Buscaré que las palabras encuentren su cadencia para desenmascarar el misterio de mi paso por esta ciudad, que me hizo sentir que esa matriz está surcada por más de un color de tinta.

Para empezar, diré que Londres fue roja. Mirara a izquierda o derecha - lo cual no es lo mismo al momento de cruzar las calles con los autos viniendo siempre de la dirección contraria - encontraba ese color. En lo más evidente: los buses de dos pisos y las cabinas telefónicas (aunque es cierto que hay muchas pintadas de gris y - dato al margen - muchas ofrecen Wi-Fi gratis por media hora, útil para los que tenemos un teléfono como el que me regalaste). Pero también en otros detalles escondidos, como las zapatillas de la niña en el poema del libro que hojeé en la exposición de libros de autor en el Southbank Centre, o en el tractor que demolía esa casa en Hendon Lane. Tendría que revisar las pocas notas que tomé en esos seis días para contarte en cuántos momentos el rojo me habló de Londres - y sobre todo de mí en Londres. No, todas las notas sobre el rojo fueron mentales. Sí, está el círculo rojo del underground, y también las pinturas gigantes de Cy Twombly en el Tate, esas pinceladas báquicas y lujuriosas.

En Londres escribí poco, porque también me pasó algo crucial: en esta ciudad no pensé. Sólo la primera noche el insomnio quiso cobrarme con pensamientos el despertar en medio de la noche sin saber si estaba en Colonia o en Bruselas, durmiendo sola o acompañada. Pero despertar de nuevo en la mañana con la fiaca de Michi gateándome por la panza fue el santo antídoto: es así de increíble cómo la mano de un bebé tocándote la sonrisa puede traerte a un presente sin medidas - es decir, sin pensamiento. Flor había comprado yerba Rosamonte, entonces así de ridículo como puede sonar, Londres fueron esos mates y enseñarle a mi amiga argentina-londinense que aprendió a andar en bici cerca de sus treinta, a cebar.

El sol casi no apareció en los seis días. Tampoco el frío que te cala los huesos. Sí la lluvia y el viento. El aire estaba tan limpio que la caminata por el parque en el fondo de Cranmer Court fue un delirio de colores de otoño. Y tal vez si Londres me gustó tanto fue gracias a ese respiro de naturaleza antigua.

También adoré las muchedumbres en la hora pico de King's Cross, en Camden Town, en el tube. Cómo puede molestarme tanto la acumulación de gente en Buenos Aires, y gustarme así de mucho este lugar? (la gente se acumula también en conciertos de Angeles del Death Metal mamá, pero no me van a hacer perder las ganas de ir a conciertos como el de Mykki Blanco donde pude encontrarme con el underground londinense en su esplendor más crudamente vanguardista). Será por lo que me dicen los rostros que Londres me gusta: aquí el humor transpira hasta en las malditas publicidades y te cuesta imaginar a un inglés tirando una pálida (aún así, y en honor a Osvaldo que hubiera cumplido ¿noventa y cuántos? el quinto día de mi estadía... mi corazón es rioplatense, mamá. Pero qué lindo poder ser camaleón por unos días, pretender que mi corazón está libre de nostalgias y que sólo me motiva el hacerme de abajo como el self-made man de Charles Dickens. Qué lindo ese hueco de la imaginación, de verdad...).

Además, esta es la ciudad versión original de cualquier otra ciudad donde el rock haya prendido la mecha. Es decir: la madre de todos los rocks del mundo. En New Orleans descubrí el latido original. En Memphis, el eco de ese latido. Acá se abrió la arteria aorta, la sístole y la diástole se conocieron en la bifurcación de Oxford Circus con Tottehham Court Road. UK is the father and mother of the Empire, so to say.

Por supuesto que sí - sé lo que te estás preguntando: crucé el London Bridge y NO se cayó. La canción estuvo en mi cabeza y en mis tarareos a Michi durante los seis días, y también muchas de las canciones que me enseñaban de chiquita vos y el Southlands. Y eso es algo que no te dije: lo que más amé en Londres fue entender el idioma. Me dieron tantas ganas de quedarme para siempre escuchando ese acento conocido y lejano. Y pensar que por tanto tiempo me esforcé para tener acento yanqui! Ahora me gusta en cualquier lado tener acento extranjero. Ya ves que hasta en Argentina me confunden con uruguaya.

En fin mamá, ya voy llegando al final de esta carta y no te hablé de Covent Garden ni del mercado de Borough. Tampoco de los Van Gogh en la National Gallery y del Miró en el Tate, ni de los artistas callejeros de Trafalgar Square. Será en la próxima, o quedará de combustible para una creación reciclada.

También me faltó hablarte de los aeropuetos, de la Oyster Card, de la asistente social que ayuda a Flor y Pjemek a encontrar la mejor escuela para Michi. Y del Charity donde por 12 libras equipé mi guardarropa para quién sabe qué estaciones venideras. Al final, de qué te hablé? Bueno, algo sí te dije: Londres me anuló el pensamiento. Por eso, eternamente agradecida a esta gran y pequeña ciudad.

El Palacio de Buckingham, lo confieso, lo pasé caminando rápido, con la lluvia llevándome a nado a mi cita de peluquería. Sabés que la realeza no es mi debilidad, y una frase del libro sobre arte público "Pavement Poetry" que encontré en aquella muestra de la que sí te hablé, resume mi sentir al respecto: "RATHER THE RAIN ON THE CASTLE'S WINDOW, THAN THE CASTLE ITSELF".

Voy dejando el relato acá. En mi próxima carta podré hablarte de una Bruselas con olor a comic y a cervezas cortadas con cuchillo.

Quedate tranquila, me cuida un ángel que nació con la primera oración que rezamos juntas.

Te quiero
K

PD: En la próxima te mando también más fotos de Londres, por problemas técnicos con la compu no puedo agregar más ahora.